sábado, 3 de diciembre de 2011

Microrrelato: Parte de mi alma

Vaya, qué cómoda es esta camilla. Un ambiente en calma, seguridad. No me extraña que la gente piense con facilidad los motivos por los que decidió venir.
Dos meses hace, y lo recuerdo como si hubiera sido esta mañana. Mi hijo, recién traído del hospital, en su cuna. Patalea y me mira a los ojos riendo. Me logra sacar una sonrisa, es lo más bonito que ha osado postrarse ante mis ojos. "Tiene los ojos de su padre" decían. No les faltaba razón, tenían el mismo brillo. Es tan vulnerable... Y es parte de mí. Él es la mitad de mí. Alguien a mi imagen y semejanza. Podré educarlo y criarlo en los valores en los que me educaron mis padres... ¡Qué digo yo! ¡Me ignoraban! Mi padre siempre me ha odiado. La de veces que me llamaba por mi nombre, tan sólo que cambiando sus letras por las de "Accidente". Hacía todo para que estuviese orgulloso de mí, pero sólo sacaba mis fallos. No sé si tenía fe en su hijo o deseaba echarlo de casa en cuanto tuviese uso de razón. Mi madre estaba cansada de mediar con él, se lo dejó bien claro: le abofeteó con la palabra. Mi padre la abofeteó sin más, con una fuerza hercúlea. Cayó al suelo casi inconsciente. Yo me quedé paralizado en la puerta del salón. Me salen lágrimas sólo de recordarlo. Me cogió del cuello y me metió en mi habitación... con llave. No volví a escuchar a mi madre gritar. El sonido del acero atravesaba sus entrañas mientras yo permanecía en mi cuarto, golpeando la puerta y rezando por su vida. Me tuvo que sacar la policía a los dos días. Casí pensé que moriría de hambre allí. Mientras salía en brazos de un agente, vi la mancha de sangre que mi madre derramó sobre la alfombra. Mi padre estaba en la puerta, esposado, mirándome... "Tienes los ojos de tu padre" me decían. Y encima sonriéndome. ¡Hijo de puta!... Me sonríe como mi hijo. Yo soy parte de mi padre. ¡Mi hijo es parte de mi padre! ¡Me odiará, me despreciará, me ignorará! ¡Y yo también le odiaré a él! ¡En sus ojos veo el cadáver de mi madre! ¡Maldito hijo de puta tu también, bajo esa apariencia de inocencia! ¡¿Creías que no te reconocía?! ¡Con esos cubos con letras escribirás la palabra "Odio"! ¡No pienso permitir nada de eso! ¡¡Otra vez no!! ¡Otra vez no! Otra vez no...
El mismo cuchillo que atravesó a mi madre fue el que acabó con ese malnacido. Ahora que tu sangre cae por las rejas de madera, salpicando el osito de peluche en el suelo, realmente te aprecio y realmente descanso. Sí... Realmente me ha sentado muy bien tumbarme en esta camilla... inmovilizado y esperando la aguja que pondrá fin a mi oscuro legado.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Microrrelato: La despedida

Es un funeral y apenas veo la luz, pero me mantengo levantado. Ojos volcando lágrimas, sentados. Los ánimos susurran en la ausencia. Les veo, y me veo, y no entiendo nada. No duele tanto. La inmortalidad no existe, lo sabéis, y yo también, pero no lo queréis aceptar. Crecéis intentando inmunizaros de una puñalada en vuestras almas, en vuestras vidas. No hace falta soportar el dolor del puñal, simplemente hay que esquivarlo, es más fácil.

Las velas zarandean sobre los tapices y las mesas de frío mármol. Un pequeño detalle que me gusta, y que le gusta a mi mujer. Ella no llora tampoco, me siento orgulloso, pero frío. Los velos negros se acercan a ella, la acarician, derraman lágrimas sobre ella. Sus ojos están cerrados, aguantando. O simplemente no siente nada. No... es imposible resistir de esa manera algo tan intenso. Bajo sus párpados veo tambien su mirada, tranquila y conformista.

Los invitados también se acercan a mí. Me dirigen palabras de consuelo y destacan mis virtudes y defectos con una sonrisa. Me hace sentir mejor, pero aún así no es un buen momento para mantener la sonrisa. Me levanto, me acerco a ella, me pongo justo delante... sigue sin abrir los ojos. ¡Despierta! Grito, grito sin cesar, pero no me oye. ¡Mírame! Pero sus ojos no se quieren abrir. ¡No pienso marcharme sin que me digas cuánto me quieres! ¡Clava tu iris de zafiro en mi alma! ¡Quiero notar tu aliento de nuevo! Pero ella se niega.

Finalmente, como si de una fuerza sobrenatural se tratara, abre los ojos. Me saltan lágrimas de alegría ante su decisión. Aparta las complacientes manos de sus bellos hombros, se acerca al ataúd y, empezando a derramar sus lágrimas sobre el difunto, con su bella mirada, me susurra al oído "Nunca te olvidaré, cariño". Una enorme satisfacción me embriaga. Creo que finalmente puedo marchar.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Romance: El ente suplicante

Del salón dentro del cuarto,
de la luz de la ventana
que se oscurece al entrar,
cuando una presencia emana
con rostro de tranquilidad
por ese lugar que amaba.
Sentóse en su sillón
al regazo de la flama,
abrióse al azar un libro
cuando a la puerta llamaban.
extrañado miró al fondo
y casi sin voz dijo "pasa".

Entró un ente ensangrentado,
se arrodilló ante el sillón
y jadeó lentamente
mirando al pétreo anfitrión.
posó su libro en la mesa,
escuchó con atención:
"creo que lo hice de nuevo
¡en qué hora quité razón
a lo que una vez dijiste
oh, tú, digno pensador!"

"¿Y qué fue lo que te dije?
he de escucharlo en tu voz".

Y fue cuando el suplicante
cerró sus párpados fuerte,
dejando caer cascadas,
dejando mover su mente.
"Lo que dijo el pensador
según lo que yo recuerde,
que si tanto amo la vida,
el mundo de campos verdes,
dejaré que el leñador
abajo todo lo eche
ya que esa es su labor,
mas yo no debo blandir
esa hacha que es su muerte
y no hacer mío lo ajeno,
sino que corra a su suerte,
que crezca y viva sin mí,
porque sé que ese árbol puede,
porque no le vi nacer
o, peor, no recuerdo verle."

El anfitrión asintió:
"y aun así veo que insististe,
y que entraste su cabaña
y, después, su hacha blandiste
y, sin pensar, en tu rabia
lanzaste un golpe y te heriste.
Pero yo veo en tus ojos
que piensas volver a hacerlo,
porque no sabes abrirlos,
porque no sabes verlos,
así que lo hago por tu bien:
vuelve ahora a tu casa, ordeno,
y no quiero verte fuera,
no abandones ese techo,
hasta que dejes su hacha
y hasta que calles tu pecho
que está herido: da clemencia,
ya que estás sangrando dentro"

lunes, 3 de octubre de 2011

Microrrelato: El reposo

Sebastian Archi, famoso pianista, se dirigía a la biblioteca para encontrar inspiración en obras de músicos reconocidos. Encontró un libro viejo, pequeño y polvoriento, de un tal Ian Crimson Freiser que le pareció interesante, pues nunca había oido hablar de tal autor. Abrió el libro. La fotografía estaba borrosa y a penas se podía leer la biografía. Un par de páginas más alante se encontraba su primera obra: "El reposo, en re menor, por Ian Crimson Freiser". Sebastian empezó a leer la pieza, hasta el final, emocionado de lo que acababa de descubrir. Era una pieza, para él, perfecta, nunca vista, una increíble fuente de inspiración. 
- Qué gran autor. No entiendo por qué está en el olvido.- pensó. 
Al terminar de leer los pentagramas encontró una nota a pie de página "Espero que gracias a esto haya conseguido llegar a tí." Sin lugar a dudas. Sebastian estaba eufórico y decidió llevarse el libro a casa.
Una vez llegó, abrió el libro sobre su piano y se dispuso a aprender la pieza. Gracias a ella, pudo componer con soltura una obra maestra para un concierto de música clásica en la ópera de Milán, durante el segundo acto y el cierre, ya que era el autor estrella. Quiso ver más piezas del autor, pero el resto de pentagramas estaban en blanco. No le importó. Lo que había leído era sublime.
El gran día se torna sobre la ciudad. Las entradas estaban totalmente agotadas, y cientos de personas de alta esfera se acumulan en las butacas. Sebastian, por su parte, se reúne con el resto de músicos para mostrarles la pieza, de la que estaba tan orgulloso. Se la dio al director de orquesta.
- ¡Oh, Sebastian! - Exclamó admirado - ¡Este va a ser sin duda tu gran día, jamás vi tanto talento reflejado en la música! ¡Mis felicitaciones!
Sebastian recogió la pieza orgulloso y lleno de optimismo. Empieza el concierto: los violines se alzan con fuerza y virtuosismo mientras los oboes y las tubas relajan el sonido en una armonía muy agradable. Los coros se levantan dieciséis compases después, primero los hombres, para aportar dramatismo, y luego las mujeres, incrementando el ambiente de tragedia. El público escucha con satisfacción y se emociona, preparando lo que sería, sin duda, una gran ovación. Unos platillos marcan el final del acto: el público aplaude con fuerza mientras un elegante piano sale a escena. El silencio reina hasta que sale Sebastian Archi, seguido de un enorme aplauso por parte del público. Durante el murmullo de los asistentes, Sebastian ajusta su sillín y abre su pieza en el atril del piano. Coloca sus dedos en posición y empieza a tocar. El público queda sin palabras, algunos incluso dejan salir lágrimas de sus ojos. Los músicos no dan crédito a lo que están oyendo, sintiéndose en parte infravalorados, en parte alabados por el placer de compartir escenario por un músico tan prestigioso. Incluso el director de orquesta, que previamente leyó la obra, quedó boquiabierto. 
- Sebastian... - se dijo a sí mismo - ... esto... esto no es lo que tienes escrito, pero aun así es incluso mejor... - quedó en silencio y dejó caer lágrimas sobre el parquet del suelo. El acto duró ocho minutos, gloriosos para los oidos del público, que se levantó y aplaudió, silbó, perdió las elegantes formas que aparentaban con sus atuendos. Sebastian quedó absorto, ya que no tocó lo que él había escrito, sino El reposo de Ian Crimson Freiser. Es igual. Al público le encantó y se preparó para concentrarse en el cierre. Pasó hoja mientras los músicos cogían sus instrumentos. El director, emocionado, dio tres golpes en su atril. Violines, tambores y coros arrancaron con fuerza y dramatismo. Los contrabajos entraban con notas suaves y largas, señal de que el piano entraría. El público miró a Sebastian espectante. Finalmente, entró. Tanto el público como los músicos quedaron asombrados de nuevo, pero no para bien, ya que estaba repitiendo de nuevo el segundo acto. El director no hacía más que darle señales, pero Sebastian no hacía caso. Él seguía concentrado en su melodía, rompiendo por completo lo que estaba siendo un espectáculo sólido e inolvidable. Finalmente, el cierre fue marcado con abucheos y músicos retirándose. El director tuvo que escusarse mientras Sebastian volvía a su casa, seguido de la mirada asesina de sus compañeros de concierto. 
Aquella noche fue angustiosa para Sebastian. La melodía no dejaba de repetirse en su cabeza. Se tapó la cabeza con la almohada, se zarandeó, gritó, intentó tocar otras melodías en su piano, pero fue imposible. La pieza sonaba cada vez con más fuerza en su cabeza. Lloró angustiado, golpeó las paredes, pataleó con fuerza, pero nada podía silenciar esa canción. En un último intento, abrió el libro de Ian Crimson Freiser, dejando caer lágrimas y sangre sobre él, cuando llamaron a la puerta. Era su vecino.
- ¡Sebastian! ¡Deja de armar jaleo, son las cuatro de la mañana! - advirtió.
Finalmente, el ruido cesó. Durante varios días. Una tarde, vino el casero a cobrar el dinero del alquiler. Llamó a la puerta y salió finalmente, con un libro en la mano.
- ¡Al fin, Sebastian! - dijo aliviado - Vengo a cobrar el alquiler, como de costumbre.
- ¿Sebastian? - dijo - Me llamo Ian, caballero. 
- ¿Qué ha pasado con tu voz, Sebastian? - preguntó el casero extrañado.
- No se asuste, buen hombre, tenga - le da el libro - Se lo regalo por las molestias. Tenga un buen día. - se marcha.
El casero mira el libro extrañado. La foto está borrosa y la biografía a penas puede llerse. Abre el libro por una página al azar. Pone "El reposo en re menor, por Sebastian Archi", seguido de una nota a pie de página: "Espero que gracias a esto haya conseguido llegar a tí."

viernes, 30 de septiembre de 2011

Microrrelato: El andén 5

Nueve y media de la noche. Perfecto. El tren llegará en seis minutos.
Cuántos recuerdos me trae esta estación. Aquí conocí a mi amada, Jane. Su cabellera marrón y sus imponentes ojos capturaron mi mirada en el primer momento. El tren se retrasó y, amablemente, le invité a un café.
Ella estaba sola, aquí, en el andén 5, donde estoy ahora mismo. Miro al horizonte desde aquí y la sigo recordando. ¿Por dónde iba? Ah, sí.
Me dijo que su último novio la abandonó al marchar a la guerra, para evitar el dolor de la distancia. Eso fue una verdadera puñalada, pero entiendo la actitud de ambos. La mesa cojeaba un poco y la leche desbordaba la taza. Cojí una servilleta e hice un apaño casero, algo tan simple que una leve risa salió de sus labios. Qué dientes tan blancos, como la misma nieve, relucientes. La luz que necesitaba mi corazón para sacarme del rincón oscuro donde estaba, en la más profunda soledad cara a la pared.
Miro el reloj: quedan tres minutos para que llegue el tren...
Entonces puse la servilleta bajo la pata que cojeaba. En mi descenso vi unas piernas preciosas, con unos majestuosos zapatos de tacón, marrones. Era la moda de la época, así que supuse que era de familia rica. Volví a erguirme por encima de la mesa. Ella seguía sentada, sonriendo y tocándose el pelo. Nunca olvidaré aquella imagen. Mantuvimos una conversación agradable mientras yo insistía en pagar. Parecía que le caía muy bien, y ella a mí también. Dejé las monedas en la mesa y el camarero se las llevó. Le pedí que se quedase la vuelta. Un gesto de amabilidad para la vista de los demás, y sobre todo de Jane, pero ese café fue el principio de un apasionante amor.
Queda un minuto para que llegue el tren. La gente me mira, extrañada, me habla... Pero yo la sigo recordando.
Nos acercamos al andén 5, donde estoy ahora, y, allí, me dio un beso, más dulce que el azúcar que eché al café, breve, pero apasionante. Nuestras miradas se quedaron clavadas... al igual que su bello tacón en una grieta. Tropezó y cayó de espaldas a la vía mientras el acero del tren pasaba sobre mi mirada impotente y su perfecta imagen. La gente se acercaba como fingiendo poder hacer algo, pero la sangre que recorría su cuerpo se filtraba en las vías, que parecían de cobre oxidado. Mi rostro palideció, me quedé en blanco, mi corazón no supo responder... Mis ojos se inundaron de lágrimas, silenciosas, mi boca temblaba en ese momento, como mi mano, fría, frustrada...
Las vías ya vibran, el tren se acerca, rugiendo. La gente no hace más que amontonarse y gritarme, pero no me pienso apartar. Volveré con ella justo en el lugar donde le vi marcharse.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Relato: Bajo la nieve escarlata

Todo empezó hace unos cinco años, quizá algo menos. A penas tenía quince años cuando a mi padre le destinaron a negociar con una pequeña empresa de distribución de combustible a la ciudad de Leningrado. El viaje desde Londres nos dejó totalmente agotados, pues tuvimos que ir atravesando las regiones escandinavas en un crucero no demasiado lujoso. Nos instalamos en una pequeña casa en la calle Dekabristov, cerca del centro de la ciudad. Las vistas hacia el río Neva me hacían pensar que no eran necesarios tantos puentes cuando las aguas heladas podían atravesarse incluso con la bicicleta sin ninguna complicación. El paisaje helado que me ofrecía esa ciudad me hacía sentirme en un ambiente cálido siempre que estuviese rodeado por cuatro paredes.
Mi padre se despertaba a las 7 de la mañana, se preparaba para ir a trabajar y llegaba un par de horas después a la empresa donde trabajaba. La sucursal se encontraba en la calle Ruzovskaya en una serie de complejos empresariales en pleno centro de San Petersburgo, no muy lejos de nuestra casa. No es fácil perderse en pleno centro, pues hay cuatro estaciones de ferrocarril y un complejo por estación, todos con la misma estructura. La calle Ruzovskaya estaba al lado de la estación de Vitebsk.
Sergey Vólkov era el patrón de la empresa. Conseguí convencer a mi padre para que me llevase a conocer al señor Vólkov, que no fue nada fácil dada su testaruda naturaleza. Teníamos un pequeño coche que tuvimos que comprar allí, por un precio bastante más barato. No había demasiado tráfico, así que llegamos en unos diez minutos. Ese complejo empresarial no daba demasiada confianza, ya que reinaban edificios desgastados y llenos de grietas, con helados ventanales y puertas de metal oxidado. Una vez dentro tampoco se podía esperar demasiado. El local tenía dos plantas: en la inferior podía verse una gran cantidad de estanterías con bidones llenos de gasolina y sacos de carbón apilados en una de las paredes, además de varios obreros llenando bidones y sacos que aun no llegaron a los estantes. El suelo estaba amarillento, con baldosas negras, acorde al enrejado ventanal, aunque en la sección del carbón no había más que ver un suelo más bien mugriento que apoyaba unas estanterías viejas y oxidadas. Al fondo de la planta había una gran puerta con dos montacargas haciendo guardia en frente de ella, la cual daba al almacén donde tenían acumulada la mercancía.
Subiendo las escaleras, no menos oxidadas que las estanterías, había una cocina invadida por restos de grasa, con varias mesas carcomidas por el paso del tiempo, y unos taburetes apoyados encima de la mesa, quizá porque habían limpiado el suelo previamente. En una de las puertas estaba el despacho de Sergey Vólkov. No había nada allí de qué sorprenderse: un calendario, unas estanterías de madera con libros que seguramente poseían más polvo que palabras en su interior, dos sillones en frente de la mesa, la cual tenía un tapete verde encima con varias carpetas en un lateral, y una silla bastante cómoda donde el señor Vólkov reposaba durante su jornada laboral. Al fondo había una ventana amarillenta que permitía el paso de la tenue luz en la habitación. El señor Vólkov tenía pelo gris, penetrantes ojos azules, nariz afilada y una elegante chaqueta blanca con una corbata marrón. A su lado había una joven con un pelo muy rubio, casi blanco, con ojos verdes y rostro pálido, una camisa marrón y una falda negra.
El señor Vólkov nos ofreció asiento y ordenó a la joven a servirnos alguna bebida caliente. Una vez nos sentamos, empezó amablemente la conversación en nuestro idioma, pero con un peculiar acento ruso.
-          Buenos días, señor Colin, placer conocerle en persona. Disculpa usted si tengo problemas con idioma, me resulta algo costoso. ¿Trae usted los documentos que le pedí yo?
-          Buenos días, señor Vólkov. No se preocupe, llevo los documentos en el maletín… en seguida los saco. – Puso su maletín encima de la mesa, lo abrió y sacó varias carpetas llenas de documentos, muy incomprensibles para mi corta edad. – Hijo, seguramente te aburrirás aquí. ¿Por qué no das una vuelta por el edificio mientras termino de hablar con el señor Sergey?
-          No pasa nada, padre. No voy a molestar.
-          Oh, muchacho… – añadió el señor Vólkov – Hazle caso a tu padre, esto será mucho aburrido para ti. Deberías pedir a un… ¿obrero se dice allí, trabajador quizás? que enseñe a ti el edificio: di a él que vas de parte de Sergey y te lo enseñará, no problema.
-           Como quiera usted, señor Vólkov. – Me levanté y me dirigí a mi padre – No te olvides de avisarme cuando te vayas, no saldré del edificio.
Al salir, cerré la puerta, pero me quedé allí espiando la conversación. No podía soportar la sucia imagen de esos obreros saturados de polvo y mugre y, sinceramente, siempre había sentido curiosidad por saber los negocios que movía mi padre.
-          Tiene usted chico obediente, señor Colin. – Continuó el señor Vólkov – Tiene espíritu fuerte y disciplinado, seguro que llega muy alto en vida. Quién sabe…
-          Me cuesta bastante educarle con el poco tiempo que paso en casa. Por eso le tengo que hacer responsable de la casa cuando estoy de viaje, no quiero que lleguen los alemanes a Londres y mi familia esté indefensa. Pero, esta vez, he decidido traerla a Leningrado, como excepción.
-          Entiendo, señor Colin. No se preocupe por alemanes, estamos en paz con ellos. Además nos dieron mitad de Polonia, ¿se enteró usted?
-          Si fuese usted de Europa Occidental sabría la fidelidad de la palabra de un alemán. Será cuestión de tiempo que vengan aquí.
-          No creo lo mismo que usted, señor Colin. El mismísimo Hitler fue el que hizo acuerdo con Stalin. La palabra del futuro emperador de Europa debe ser sincera. ¿No se enfurecerá por usar el término “emperador”? Discúlpeme…
-          Tranquilo, se dará cuenta tarde o temprano, Vólkov. Bien, yo creo que deberíamos dejar la política aparte y centrarnos en nuestros negocios, ¿le parece? Bien, supongo que ya le habrán informado de los recientes cambios en…
En ese momento volvió la joven con las bebidas. No controlaba tan bien el idioma como el señor Vólkov, pero se la podía entender.
-          Tú no debías estar aquí, chaval, a Sergey no quiere que gente sepa lo que él habla. En cocina hay radio, puedes escuchar si quieres.
Me ofreció el vaso de leche caliente y me señaló dónde podía sentarme a escuchar la radio. Me acerqué a la radio, dejé el vaso en una mesa y me puse a escuchar la única emisora que tenía buena señal desde ahí. Es impresionante lo rápido que pasa el tiempo con la radio, pues mi intención era volver al rato a la puerta para seguir las negociaciones entre mi padre y el señor Vólkov. Cuando me dirigí a la puerta, vi cómo giraba el picaporte y me aparté un poco para no levantar sospechas.
-          Bueno, hijo. ¿Qué te ha parecido el edificio? – Preguntó mi padre con un tono de simpatía, a pesar de su carácter adusto y serio.
-          No ha estado mal… quizá un poco mediocre – Añadí con cierta sinceridad.
-          ¡Ja ja ja! Tiene usted hijo sincero, Colin. Lleva parte de razón, pero no había local más cercano a estación de… ferrocarril, ¿dicen así ustedes? Así que eso da cierta ventaja. – El señor Vólkov sacó un pequeño libro del bolsillo de su chaqueta y continuó su discurso. – Ten este obsequio, chico. Me caíste bien, aunque queda mucho camino por aprender. Espero que esto ayude y te hagas bien inteligente.
-          Gracias, señor Vólkov. Confío en verle pronto.
-          ¿Desea que le acompañe a casa, señor Vólkov? – Añadió cortésmente mi padre.
-          ¡Oh, por supuesto señor Colin! A estas horas hay mucho tráfico, será placer tener compañía.
A penas salimos de la calle Ruzovskaya cuando nos sorprendió un impresionante atasco. Puesto que los coches a penas se movían, el señor Vólkov sacó conversación para hacer la espera más amena.
-          No comprendo… siempre hay atasco pero no dura tanto tiempo. Y además vivo en Shpalernaya, así que sólo hay que conducir dos avenidas.
Pero el discurso del señor Vólkov se acabó terminando a los treinta minutos de estancamiento en la calle Ruzovskaya. Ante esto, pensamos que la mejor opción sería ir andando y, de paso, ver qué pasaba. Recorrimos Leningrado durante un cuarto de hora. Las avenidas Zagordonyy y Liteynyy, las únicas que debíamos recorrer, estaban saturadas de vehículos humeantes con  un desagradable concierto de cláxones narradas por los gritos de los molestos conductores. Cuando llegamos a Shpalernaya, subimos a casa de Vólkov, que nos ofreció amablemente una bebida. La casa de Vólkov tenía un suelo de brillante madera, con cómodos sillones marrones, una alfombra con tonos verdosos y una pequeña chimenea presidiendo el salón. Los grandes ventanales ofrecían unas maravillosas vistas de hasta dónde se alargaba el atasco. El señor Vólkov sintió curiosidad por la atención que prestaba a esas repletas avenidas y abrió un cajón en el mismo mueble que exhibía una elegante vajilla. De ahí sacó un catalejo que no tardó en ofrecerme.
-          Mire. Este instrumento se construyó para ser usado en Gran Guerra. Fabricación rusa, son buenos. Verás el atasco hasta muy lejos… prueba.
Miré a través del catalejo. Aquella fila llegaba mucho más lejos de lo que yo imaginaba. La fui siguiendo poco a poco para no perderme, pero acabé viendo las carreteras de salida de la ciudad, donde los vehículos echaban humo de sus propios motores, ya estallados. La fila se siguió extendiendo a lo largo del borde de la ciudad, pero en forma de carros de combate y edificios que se cansaron de estar de pie. Mi rostro de asombro reclamó la atención de mi padre.
-          ¿Qué pasa hijo? – Preguntó mi padre derrochando curiosidad. – ¿Ocurre algo? ¿No te encuentras bien?
Sin mediar palabra, aparté el catalejo de mi línea de visión y se lo ofrecí a mi padre sin apartar la vista de la ventana. Como era natural, mi expresión no pudo contagiarse en el rostro de mi padre cuando vio las afueras de la ciudad.
-          ¿No se lo advertí, señor Vólkov? – Preguntó mi padre con expresión impávida. – Observe la fidelidad en la palabra de un alemán.
Vólkov no tardó en coger el catalejo y mirar al mismo lugar que nosotros. Mi padre fue totalmente inalterable, pero Sergey no supo cómo expresar su asombro, mas su silencio decía más que cualquier otra palabra. Finalmente, apartó la mirada de esas nefastas vistas y añadió en un tono de optimismo:
-          No hay de qué preocuparse, Colin. El gran Stalin preparó Leningrado para si los alemanes no cumplían su palabra, aunque yo siempre confié en ella. Ningún alemán cruzará por puente en avenida Liteynyy sin dejar sangre al paso.
El señor Vólkov no mentía: ningún alemán pasó por el puente de la avenida Liteynyy… Mejor dicho, ningún alemán pasó. Estuve una semana observando desde el balcón de mi casa las imponentes filas nazis, pero no avanzaban un solo milímetro. Mi padre tuvo que volver al despacho de Sergey para acabar las negociaciones, pero al poco rato volvió a casa, con el señor Vólkov tras de él. Ambos tenían heridas en el rostro y rasgaduras en la ropa. Antes de que me diese tiempo a lanzar una pregunta, mi padre se dirigió hacia mí en un tono más serio que el habitual.
-          ¡Hijo! ¡Ni se te ocurra salir a la calle! ¿De acuerdo? Es por tu bien…
Lo que ocurrió era algo realmente trágico. Vólkov invitó a mi padre a una pequeña velada de caza con unos amigos suyos, algo típico en los negocios de mi padre. Como en el norte estaban los nazis completamente estancados, recorrieron la avenida Zagordonyy para ir a otra salida. No obstante, se encontraron con otra línea de bloqueo nazi, que no tardó en disparar al coche. Puesto que no daba tiempo a dar la vuelta, se arriesgaron a salir y corrieron por los callejones para evadir el fuego enemigo. A la vuelta, intentaron tomar algo para olvidar el incidente, pero no había ningún lugar para tomarse un respiro. Los restaurantes estaban cerrados y las cafeterías acabaron abandonadas. Con cada huella que dejaban en la nieve aparecía alguien pidiendo algo de comida. La gente peleaba por cazar cualquier animal que se cruzara por delante, y no hacían excepciones: gatos, perros, palomas, ratas… La situación en una semana era lamentable, pero la población se negaba a morir.
Estuvimos en casa un par de días con el señor Vólkov, pues no había ningún motivo para bajar. Para qué ¿Para comer? ¿Para pasarlo bien? A penas se podía caminar seguro por la calle. Curiosamente no había ningún cadáver. Supongo que los ciudadanos aguantarían con las raciones de medio kilo de pan que daba el ejército, aunque para mí no fueron suficientes. Por suerte, la ruta que se estableció por el lago Ladoga nos permitió aguantar un tiempo, suficiente para seguir vivos unos meses. Cuando ya las raciones tuvieron que reducirse, el señor Vólkov propuso una alternativa:
-          Señor… Colin. Creo que no fui del todo sincero con usted pero… es lo que tienen los negocios, ¿verdad? La única forma que tengo de alcanzar  producción que me dicta el gran Stalin es de robar a otras industrias de combustible… mis plantas de extracción ya han quedado inservibles y yo siempre cumplo con mis encargos, ¿entiende?
-          Eso ya no importa, Vólkov. Tan sólo dígame por qué me dice eso ahora.
-          Para que no nos descubran, hemos creado pequeño túnel hacia las redes de alcantarillado ¿dicen así, ustedes? Sí, creo que sí. Así llegamos a los otros almacenes para coger combustibles. Si seguimos la red podríamos salir de la ciudad por desembocadura del Neva. Está al final de un túnel escondido.
-          ¿No podía habérmelo dicho antes? – Preguntó mi padre con un tono de irritación.
-          Temía poner en peligro negociación, señor Colin. Pero ya da igual, mi empresa ya no tiene nada que hacer.
Corrimos la voz por el edificio rápidamente. Éramos unas veinte personas, todas dispuestas a ir en masa hacia Ruzovskaya. En la calle a penas había gente, por lo que ver un grupo de gente por la calle era sospechoso. Efectivamente, una pequeña avanzada nazi montada en un camión nos vio como un blanco fácil, así que empezó a disparar contra nosotros, sin piedad ni demasiada puntería. No obstante, algunos acabamos vivos, pues el sonido del camión ya hacía eco varias calles antes y nos dio tiempo a escondernos como podíamos, la mayoría acabaron víctimas de la lluvia de munición que soltaron esas bestias.  De los veinte que salíamos a penas quedamos seis personas: un matrimonio ya sumido en la vejez, que reconoció el motor ya de la Gran Guerra, una niña que, al contrario que sus padres, logró salir del fuego alemán escondiéndose entre unos escombros, y el señor Vólkov, mi padre y yo que, como estábamos a la cabeza del grupo, conseguimos meternos en un callejón bajo la cobertura de las víctimas que nos seguían.
Finalmente, y ahora con más cuidado, llegamos a la calle Ruzovskaya y entramos silenciosamente, mas el ruido de un mísero mosquito hacía eco en esas calles. Debajo de los restos de carbón de los sacos apilados había una trampilla camuflada, pero ese polvillo que dejaba el carbón hizo estornudar al señor Vólkov, que estaba intentando abrir la trampilla:
-          “Wer Ist da?!”- Ese grito era irremediablemente alemán, proveniente del piso superior. - “Nehmt diese verdammten Sowjets!”
Mi padre sabía algo de alemán de sus negocios alemanes, pero no demasiado, mas el anciano, dada su experiencia “tratando” con alemanes en la Gran Guerra, entendió perfectamente lo que dijeron. No obstante, lo tradujo en ruso, por lo que Vólkov entendió que debía traducirlo para nosotros dos.
-          El anciano dice que gritaron “¿Quién está ahí?” y algo así como “¡llevaos a esos soviéticos!”, pero eso no entendió bien demasiado.
Nos escondimos rápidamente detrás de una estantería llena de sacos de carbón, con tal sigilo que el mismo silencio haría más ruido.  Al momento bajaron seis soldados por las escaleras con cinco trabajadores de la empresa que estaban asaltando lo que quedaba de la cocina. Nada más sacarlos del edificio, los trabajadores se arrodillaron en la calle y acabaron acribillados por los rifles nazis. En cuestión de segundos, la ventana acabó manchada con la escasa sangre que poseían en sus cuerpos desgastados por el hambre. La pobre niña no pudo aguantar el llanto ante tal escena.
-          “Move! Man spricht heute noch” – no dio tiempo a traducirlo, pero era evidente que nos habían descubierto.
Vólkov se dio prisa para abrir la pesada trampilla. Mi padre se ofreció rápidamente para ayudar aprovechando que las ventanas estaban manchadas y no podían vernos. Los ancianos fueron los primeros en bajar, agarraron a la pobre niña y después bajé yo bajo las órdenes de mi padre. El último fue Vólkov, que se dio prisa en cerrar la trampilla. Por suerte, la presencia del polvo de carbón amortiguó el golpe de la pesada trampilla y no hizo demasiado ruido, por lo que pudimos pasar desapercibidos.
Pero no todo era suerte en ese momento… el túnel estaba muy oscuro y no teníamos iluminación alguna. Para evitar que el pavor de la pobre niña nos delatara, los ancianos la cogieron de la mano y siguieron las indicaciones de Vólkov. Todo iba bien hasta que nos acercamos a la periferia de la ciudad: desde abajo podíamos oír disparos y bombas y gritos de civiles que intentan desesperadamente sortear el bloqueo. La red de alcantarillado se extendía esta vez a lo largo del extrarradio, así que estuvimos oyendo ese réquiem durante horas y horas, que allí abajo se hacía una auténtica eternidad en la más profunda oscuridad. Era el espectáculo más aterrador que podríamos haber encontrado en todo este tiempo, por lo menos hasta llegar al río Neva. En esa salida vimos como entraba la luz que tanto ansiábamos reflejado en el hielo del río, así que paramos un poco para descansar. La desesperación de los pobres ciudadanos se hizo notar cuando vimos a dos vagabundos coger un cadáver en las orillas del río. Acto seguido, lo escondieron debajo de un puente, empezaron a despedazar el cadáver y aprovecharon toda parte comestible. Ninguno de nosotros pudo aguantar las nauseas, la aversión de tal acto que, por suerte, la niña no llegó a ver.
Seguimos por las alcantarillas hasta encontrar una pequeña apertura tras un muro falso que, según Vólkov, nos llevaría fuera de la ciudad. Tuvimos que derribar el muro con mucho cuidado, pues el eco que hacía el sonido en ese túnel era impresionante. Ladrillo a ladrillo, llegamos a un pequeño túnel. Yo, por desgracia, fui el primero en entrar allí. A penas entró mi pie en la arena del subsuelo cuando el sonido de un obús hundió el suelo de las alcantarillas, justo a mis espaldas. En un segundo, el anciano y el señor Vólkov quedaron aplastados por los escombros, la niña y la anciana, aún agarrándola de la mano, quedaron al otro lado del desplome, y mi padre quedó justo en medio, con dos enormes bloques desgarrándole la pierna, al aire libre. Tras los escombros cayeron cadáveres de cuatro trabajadores recién ejecutados o, más bien, sus miembros despedazados por la explosión. Bajo esa lluvia de nieve, sangre y vísceras, mi padre no pudo hacer otra cosa que mirar al cielo con impotencia. Era cuestión de tiempo que los nazis le encontraran en esa fosa de despojos y le abatiera sin piedad. Me miró a los ojos, manantiales de agua, y con una expresión desabrida, áspera, me dijo.
-          ¿Ves esto hijo? ¡Esta es la palabra de un alemán!
Su tirante tono de voz era una exhibición de lo poco que le intimidaba morir allí. Nada como el exclamado susurro de una agonizante voz como reclamo para un ario armado. Fardó de la vulnerabilidad de su presa y acercó una reluciente pistola a su rostro. En un último suspiro, antes de que el índice del ario dictase sentencia, mi padre le dedicó unas palabras con el poco alemán que sabía de sus anteriores negocios.
-          Guess what? Dies macht sie zu großen, ihr Bastarde!
Aquellas palabras, incomprensibles a mis oídos, arrancaron una irónica risa al alemán, que no tardó en devastar su rostro de un disparo. En aquel momento me asaltaron tantas sensaciones que la única reacción fue una brusca inhalación de aire para evitar delatarme, pero maldito sea el eco de aquellas profundas cloacas que el aire que absorbí llegó a oídos de aquel desgraciado ario. La profunda mirada de esos ojos relucientes como zafiros con aquella expresión en el rostro digna del más maligno dictador del inframundo me dio a entender que mi única salida era correr por aquel oscuro túnel, sin más ayuda que mi velocidad y mi nula orientación. Tal era la oscuridad del túnel que con los ojos cerrados podría ver incluso más, pero los continuados disparos fallidos de aquel maldito ario me iluminaron el camino durante breves períodos de tiempo. Mis manos se resentían de colisionar con tantas paredes, mis pulmones se ahogaban en aquel hedor de humedad, mi corazón no soportaba aquel frenético ritmo y mis oídos sólo escuchaban los pasos del incansable ario en los charcos del túnel. Llegó un momento en el que mi cuerpo frenó en seco ante una bifurcación del camino, así que cogí aquel que mi instinto me dictaba. Mi carrera acabó con el tacto de una superficie metálica, una puerta quizás. La abrí rápidamente y empecé un angustioso reconocimiento del terreno. Una mesa, una estantería, algo que parecía una linterna… La encendí y vi una pequeña habitación con varias literas y gente durmiendo dentro. Un sueño tan profundo del que no podrían despertarse, tal y como afirmaba su putrefacto olor. Con la estantería formé una pequeña barricada en la puerta y me beneficié de las goteras que caían con la humedad de la nieve derritiéndose. El ario estuvo errando por los pasadizos con una orientación perfecta, tal como afirmaban sus certeros pasos.
Cada vez había más pasos, formando aterradores acordes de percusión a lo largo del túnel, pero mi instinto me impedía salir para intentar escapar. Al fin y al cabo, tenía fuego en las vigas, agua en el techo y… comida en las literas. Una hoguera con la linterna y un trozo de cristal, un cubo de agua en las goteras para saciar la sed y seis cadáveres soviéticos con una extremidad para cada comida del día, ya que el torso decidí dejarlo para casos extremos. En ese momento me acordé de aquellos indigentes devorando un cadáver bajo el puente y ya me parecía hasta natural, e incluso llegué a sentirme afortunado de verme rodeado de tantos recursos. Cómo cambió mi concepción de canibalismo en tan sólo un par de días, cuando entré a esta trampa de oscuridad y hedor putrefacto ¿Tan malo es el canibalismo? Es carne al fin y al cabo… Cuando ya se me acabaron las extremidades en los cadáveres tuve que recurrir al tronco, algo no muy agradable. Buscando algo para desgarrar los sólidos huesos encontré una pequeña rejilla de ventilación, justo detrás del colchón de una de las literas. Retiré la rejilla y la dejé en el suelo con cuidado, pero el metal que soportaba la litera no aguantó y, al igual que mi esperanza, se vino abajo. Maldito también aquel estruendo que dirigió los pasos de los invasores hacia el zulo.
El libro que me regaló Vólkov está escaseando en papel, así como la sangre para escribir y el tiempo para reaccionar. ¿Aguantará la barricada? Lo dudo. Los golpes son cada vez más fuertes y repetidos. ¿La esperanza es lo último que hay que perder? Qué falsedad. Fue la esperanza la que me tuvo metido en esta habitación, la que me obligó a comer cadáveres y a beber nieve derretida, la causante de mi lenta y angustiosa muerte. ¡He dejado a tanta gente atrás…! Ya de nada sirve lamentarse… la puerta acaba de ceder.
Atentamente:
Mathew Colin

Cortometraje: El tren de la bruja

Ganador del concurso de cortometrajes de Granada. Esta historia nos muestra a un hombre que, a cambio de 12.000€, participa en un experimento que le sumirá en el horror más profundo. Lo único que debe hacer es sentarse en una silla y, sin levantarse, aguantar 15 minutos. Mejor verlo a pantalla completa...