John Doe, una gran persona, según él. Un magnífico arrogante, según los demás. Él era el centro de las vidas de todos, según él. Simplemente, era una persona demasiado... pesada. Quién tuviera su autoestima para llevar el día a día y hacer vida con tanto descaro y orgullo.
De algún modo siempre estuvo presente en todo momento. Angustioso. No había forma de librarse de él ya que intentaba desesperadamente captar la atención de todo el mundo en todo momento, de redirigir las miradas a su bello rostro... según él. No obstante, la bebida le pudo y cayó. Fue mi obligación atenderle en el servicio de urgencias, operar y elaborar un diagnóstico, digamos, rápido y sencillo: fallecido a las 02:54. A pesar de lo que le llego a odiar, le conocía de toda la vida y era mi obligación llevarlo a un entierro digno.
Allí me encuentro. La soledad invade el ataúd, que se oscurece con cada grano de tierra mojada por la lluvia, que llora por los ausentes. Pasan dos horas y sigue sin venir nadie. Espero que reflexionen y que, al final, comprendan que la muerte no se desea a nadie. Es la ventaja de ser médico: te permite aconsejar en estos temas tan delicados, usar sedantes y mentir en los diagnósticos.Yo sólo pienso que se debe estar quedando sin oxígeno ahí dentro.
Me gusta los adjetivos con los que describes al hombre... y sobre todo la descripción del último párrafo =)
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