Es un funeral y apenas veo la luz, pero me mantengo levantado. Ojos volcando lágrimas, sentados. Los ánimos susurran en la ausencia. Les veo, y me veo, y no entiendo nada. No duele tanto. La inmortalidad no existe, lo sabéis, y yo también, pero no lo queréis aceptar. Crecéis intentando inmunizaros de una puñalada en vuestras almas, en vuestras vidas. No hace falta soportar el dolor del puñal, simplemente hay que esquivarlo, es más fácil.
Las velas zarandean sobre los tapices y las mesas de frío mármol. Un pequeño detalle que me gusta, y que le gusta a mi mujer. Ella no llora tampoco, me siento orgulloso, pero frío. Los velos negros se acercan a ella, la acarician, derraman lágrimas sobre ella. Sus ojos están cerrados, aguantando. O simplemente no siente nada. No... es imposible resistir de esa manera algo tan intenso. Bajo sus párpados veo tambien su mirada, tranquila y conformista.
Los invitados también se acercan a mí. Me dirigen palabras de consuelo y destacan mis virtudes y defectos con una sonrisa. Me hace sentir mejor, pero aún así no es un buen momento para mantener la sonrisa. Me levanto, me acerco a ella, me pongo justo delante... sigue sin abrir los ojos. ¡Despierta! Grito, grito sin cesar, pero no me oye. ¡Mírame! Pero sus ojos no se quieren abrir. ¡No pienso marcharme sin que me digas cuánto me quieres! ¡Clava tu iris de zafiro en mi alma! ¡Quiero notar tu aliento de nuevo! Pero ella se niega.
Finalmente, como si de una fuerza sobrenatural se tratara, abre los ojos. Me saltan lágrimas de alegría ante su decisión. Aparta las complacientes manos de sus bellos hombros, se acerca al ataúd y, empezando a derramar sus lágrimas sobre el difunto, con su bella mirada, me susurra al oído "Nunca te olvidaré, cariño". Una enorme satisfacción me embriaga. Creo que finalmente puedo marchar.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Romance: El ente suplicante
Del salón dentro del cuarto,
de la luz de la ventana
que se oscurece al entrar,
cuando una presencia emana
con rostro de tranquilidad
por ese lugar que amaba.
Sentóse en su sillón
al regazo de la flama,
abrióse al azar un libro
cuando a la puerta llamaban.
extrañado miró al fondo
y casi sin voz dijo "pasa".
Entró un ente ensangrentado,
se arrodilló ante el sillón
y jadeó lentamente
mirando al pétreo anfitrión.
posó su libro en la mesa,
escuchó con atención:
"creo que lo hice de nuevo
¡en qué hora quité razón
a lo que una vez dijiste
oh, tú, digno pensador!"
"¿Y qué fue lo que te dije?
he de escucharlo en tu voz".
Y fue cuando el suplicante
cerró sus párpados fuerte,
dejando caer cascadas,
dejando mover su mente.
"Lo que dijo el pensador
según lo que yo recuerde,
que si tanto amo la vida,
el mundo de campos verdes,
dejaré que el leñador
abajo todo lo eche
ya que esa es su labor,
mas yo no debo blandir
esa hacha que es su muerte
y no hacer mío lo ajeno,
sino que corra a su suerte,
que crezca y viva sin mí,
porque sé que ese árbol puede,
porque no le vi nacer
o, peor, no recuerdo verle."
El anfitrión asintió:
"y aun así veo que insististe,
y que entraste su cabaña
y, después, su hacha blandiste
y, sin pensar, en tu rabia
lanzaste un golpe y te heriste.
Pero yo veo en tus ojos
que piensas volver a hacerlo,
porque no sabes abrirlos,
porque no sabes verlos,
así que lo hago por tu bien:
vuelve ahora a tu casa, ordeno,
y no quiero verte fuera,
no abandones ese techo,
hasta que dejes su hacha
y hasta que calles tu pecho
que está herido: da clemencia,
ya que estás sangrando dentro"
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