lunes, 3 de octubre de 2011

Microrrelato: El reposo

Sebastian Archi, famoso pianista, se dirigía a la biblioteca para encontrar inspiración en obras de músicos reconocidos. Encontró un libro viejo, pequeño y polvoriento, de un tal Ian Crimson Freiser que le pareció interesante, pues nunca había oido hablar de tal autor. Abrió el libro. La fotografía estaba borrosa y a penas se podía leer la biografía. Un par de páginas más alante se encontraba su primera obra: "El reposo, en re menor, por Ian Crimson Freiser". Sebastian empezó a leer la pieza, hasta el final, emocionado de lo que acababa de descubrir. Era una pieza, para él, perfecta, nunca vista, una increíble fuente de inspiración. 
- Qué gran autor. No entiendo por qué está en el olvido.- pensó. 
Al terminar de leer los pentagramas encontró una nota a pie de página "Espero que gracias a esto haya conseguido llegar a tí." Sin lugar a dudas. Sebastian estaba eufórico y decidió llevarse el libro a casa.
Una vez llegó, abrió el libro sobre su piano y se dispuso a aprender la pieza. Gracias a ella, pudo componer con soltura una obra maestra para un concierto de música clásica en la ópera de Milán, durante el segundo acto y el cierre, ya que era el autor estrella. Quiso ver más piezas del autor, pero el resto de pentagramas estaban en blanco. No le importó. Lo que había leído era sublime.
El gran día se torna sobre la ciudad. Las entradas estaban totalmente agotadas, y cientos de personas de alta esfera se acumulan en las butacas. Sebastian, por su parte, se reúne con el resto de músicos para mostrarles la pieza, de la que estaba tan orgulloso. Se la dio al director de orquesta.
- ¡Oh, Sebastian! - Exclamó admirado - ¡Este va a ser sin duda tu gran día, jamás vi tanto talento reflejado en la música! ¡Mis felicitaciones!
Sebastian recogió la pieza orgulloso y lleno de optimismo. Empieza el concierto: los violines se alzan con fuerza y virtuosismo mientras los oboes y las tubas relajan el sonido en una armonía muy agradable. Los coros se levantan dieciséis compases después, primero los hombres, para aportar dramatismo, y luego las mujeres, incrementando el ambiente de tragedia. El público escucha con satisfacción y se emociona, preparando lo que sería, sin duda, una gran ovación. Unos platillos marcan el final del acto: el público aplaude con fuerza mientras un elegante piano sale a escena. El silencio reina hasta que sale Sebastian Archi, seguido de un enorme aplauso por parte del público. Durante el murmullo de los asistentes, Sebastian ajusta su sillín y abre su pieza en el atril del piano. Coloca sus dedos en posición y empieza a tocar. El público queda sin palabras, algunos incluso dejan salir lágrimas de sus ojos. Los músicos no dan crédito a lo que están oyendo, sintiéndose en parte infravalorados, en parte alabados por el placer de compartir escenario por un músico tan prestigioso. Incluso el director de orquesta, que previamente leyó la obra, quedó boquiabierto. 
- Sebastian... - se dijo a sí mismo - ... esto... esto no es lo que tienes escrito, pero aun así es incluso mejor... - quedó en silencio y dejó caer lágrimas sobre el parquet del suelo. El acto duró ocho minutos, gloriosos para los oidos del público, que se levantó y aplaudió, silbó, perdió las elegantes formas que aparentaban con sus atuendos. Sebastian quedó absorto, ya que no tocó lo que él había escrito, sino El reposo de Ian Crimson Freiser. Es igual. Al público le encantó y se preparó para concentrarse en el cierre. Pasó hoja mientras los músicos cogían sus instrumentos. El director, emocionado, dio tres golpes en su atril. Violines, tambores y coros arrancaron con fuerza y dramatismo. Los contrabajos entraban con notas suaves y largas, señal de que el piano entraría. El público miró a Sebastian espectante. Finalmente, entró. Tanto el público como los músicos quedaron asombrados de nuevo, pero no para bien, ya que estaba repitiendo de nuevo el segundo acto. El director no hacía más que darle señales, pero Sebastian no hacía caso. Él seguía concentrado en su melodía, rompiendo por completo lo que estaba siendo un espectáculo sólido e inolvidable. Finalmente, el cierre fue marcado con abucheos y músicos retirándose. El director tuvo que escusarse mientras Sebastian volvía a su casa, seguido de la mirada asesina de sus compañeros de concierto. 
Aquella noche fue angustiosa para Sebastian. La melodía no dejaba de repetirse en su cabeza. Se tapó la cabeza con la almohada, se zarandeó, gritó, intentó tocar otras melodías en su piano, pero fue imposible. La pieza sonaba cada vez con más fuerza en su cabeza. Lloró angustiado, golpeó las paredes, pataleó con fuerza, pero nada podía silenciar esa canción. En un último intento, abrió el libro de Ian Crimson Freiser, dejando caer lágrimas y sangre sobre él, cuando llamaron a la puerta. Era su vecino.
- ¡Sebastian! ¡Deja de armar jaleo, son las cuatro de la mañana! - advirtió.
Finalmente, el ruido cesó. Durante varios días. Una tarde, vino el casero a cobrar el dinero del alquiler. Llamó a la puerta y salió finalmente, con un libro en la mano.
- ¡Al fin, Sebastian! - dijo aliviado - Vengo a cobrar el alquiler, como de costumbre.
- ¿Sebastian? - dijo - Me llamo Ian, caballero. 
- ¿Qué ha pasado con tu voz, Sebastian? - preguntó el casero extrañado.
- No se asuste, buen hombre, tenga - le da el libro - Se lo regalo por las molestias. Tenga un buen día. - se marcha.
El casero mira el libro extrañado. La foto está borrosa y la biografía a penas puede llerse. Abre el libro por una página al azar. Pone "El reposo en re menor, por Sebastian Archi", seguido de una nota a pie de página: "Espero que gracias a esto haya conseguido llegar a tí."

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